Insomnio

      Retumban en mis oídos, los pitidos de las máquinas. Se repiten una y otra vez, siempre con la misma secuencia. Desde mi posición no alcanzo a ver todos los rincones del habitáculo donde me encuentro. De mi muñeca izquierda surge un tubo que se ramificInsomnioa en media docena  más de conductos, unidos a diferentes bolsas, que van cambiando, no se repiten. Tan sólo reconozco la que gotea más lentamente y es siempre la misma. Es la que contiene suero. Estoy cansada.

      Hoy es viernes. Mi nombre es Elsa de la Vega Moyano. Llevo noventa y seis horas sin dormir. Permanezco tumbada en la cama de una habitación de hospital. Nadie sabe qué me ocurre. Estoy conectada a multitud de aparatos, y he pasado ya, por infinidad de pruebas. Los médicos se debaten entre seguir haciendo exámenes, por lo cual, entran una y otra vez en el cuarto, o tratar de crear el ambiente adecuado para no molestarme. Pero Morfeo no acude a visitarme. Me han administrado todo tipo de medicamentos y somníferos, sobrepasando, incluso, el límite de lo recomendado. Sin embargo, mi cerebro sigue alerta. O quizás no tanto. Hace horas que he perdido la capacidad de concentración. Me cuesta mover tanto las piernas como los brazos, recorridos por un hormigueo constante. No veo con nitidez y respiro con dificultad.

      Descartaron el transtorno genético conocido como “Insomnio Familiar Fatal”, pero empiezo a tener síntomas similares por la falta de sueño. Las personas que sufren esta enfermedad mueren aproximadamente a los nueve meses de no dormir. Eso no me sucederá a mí. Los doctores manifestaron a mi familia que las constantes vitales se están debilitando a pasos agigantados, y que si no se haya una solución, en dos días habré muerto. Sólo cuarenta y ocho horas. No me lo han querido contar, pero oí el comentario de una enfermera.

      Esto me recuerda a la típica pregunta que suele formularse: ¿qué harías si sólo te quedara un día de vida? nunca supe que contestar. Ahora se me ocurren mil ideas, pero no puedo hacer nada. Estoy prisionera en mi cuerpo y en estas cuatro paredes. ¿Así van a ser las últimas horas de mi existencia? ¿Aquí acabará todo? Hay tantas cosas que no he hecho,  lugares que no visité, frases que me quedan por decir…

      Todo comenzó el lunes. Discutí con Carlos porque no contó conmigo a la hora de decidir el plan de los días posteriores. No parece algo importante, pero, para mí, sí lo era. Me hace sentir muy insegura la sensación de que mis asuntos no son tan importantes como los suyos. Le dije que ya podía hacer todas esas actividades él solo y me fui a casa. Pasé la noche llorando, sin sorprenderme por la falta de sueño. Ahora, lo importante para mí es transmitirle a Carlos que le quiero y podíamos haber llegado a un acuerdo. Pero apenas me han dejado verle. Cada vez resulta más difícil hablar y construir frases. Ojalá me diera un beso, me estrechara… pero la piel de mis labios está demasiado frágil y mis brazos han perdido la fuerza.

      Queda menos tiempo, apenas treinta y seis horas. La fatiga aumenta con cada minuto, mientras contemplo la muerte con mejores ojos. La espera es una angustia mucho peor.

      El martes, Carlos me telefoneó, pero no respondí. Tomé la decisión de hacerme un poco más de rogar para dejarnos tiempo de pensar en todo. Estaba exhausta pero, aún así. no quería perder las vacaciones sufriendo y lamentándome.  Llamé a un par de amigas, quedando con ellas en la plaza de siempre para salir a tomar algo. Mientras esperaba, vi a Mario en la acera de enfrente. El corazón me dio un vuelco y sentí cómo se me helaba la sangre. Hacía más de un año que no sabía nada de él.

      Mario fue en mi vida lo que suele denominarse el primer gran amor. Fuimos pareja durante más de dos años. Yo estaba segura de que era la persona a mi medida. Pero todo cambió. Mario comenzó a salir con un primo y otras personas a los que les gustaba experimentar con drogas. Empezaron con porros, acabaron con cocaína. Su comportamiento conmigo ya no era el mismo. No asistía a las citas, se ponía nervioso con facilidad, gritaba… La situación se fue deteriorando por momentos y yo me levantaba cada mañana segura de que ese día me alejaría de él, aunque siempre había alguna excusa para no hacerlo. Hasta que, en una ocasión, el descontrol fue total. Tras una fuerte discusión, Mario me propinó una bofetada. Me quedé paralizada, no podía creerlo. No dije ni una palabra, sólo me marché y no volví a verlo. Intentó pedirme perdón, pero esa vez la decisión era firme. Incluso así, aún conservo a día de hoy sentimientos de culpabilidad. Es lo que yo llamo la culpa de las víctimas. Esa impresión de haberlo abandonado, de no haber sido capaz de ayudar, esforzarme más… Por lo menos ahora parece tener buen aspecto. Sentí curiosidad, pero era mucho más fuerte la sensación de no estar preparada para enfrentarlo, por lo que tuve cuidado de que no me viera.

      Regresé a casa rendida. Mi padre, estaba contando lo que le había sucedido, en una tienda, donde un hombre fue muy maleducado con la dependienta y él salió en su defensa por respeto a la pobre mujer. Otra persona que se hubiera quedado callada, también habría utilizado el argumento del respeto para justificarse. Es un término que, hoy en día, sirve para todo. Aún así, yo me sentía orgullosa de su comportamiento. Es algo que debí decirle, y sin embargo no pude, no lo di importancia.

      Según el reloj, deben de quedar menos de dieciocho horas. Noto que todos, a mi alrededor, están desmoralizados. Me dicen frases bonitas y yo trato de sonreír. Lo cierto es que tengo ganas de llorar, pero soy incapaz, mis ojos no responden.

      El miércoles fue cuando mis padres me obligaron a ir al hospital. Tenía una cara horrible y me encontraba fatal. El único síntoma era la falta de sueño, y creo que el médico no le dio tanta importancia porque no terminaba de creer que, en dos días, no hubiera dormido ni un solo minuto. Me dejaron en observación. Cada vez me sentía peor y el jueves por la mañana fue el momento crucial. Oí murmullo de agua, como si de una cascada se tratase. Al buscar cuál era el origen de aquel sonido, divisé un león. Me miraba fijamente a los ojos, mientras se acercaba y abría sus fauces. En ese momento traté de saltar de la cama, temblando y pegando gritos. Varios celadores entraron y lograron sujetarme, pero yo estaba muerta de miedo. El león se aproximaba, casi sentía su aliento sobre mí. Me inyectaron algún tipo de calmante, y tanto el rumor del agua como la fiera se esfumaron. Fue una alucinación. Así comenzaron las pruebas y las preocupaciones, hasta llegar al momento actual. Deben de quedar menos de cuatro horas. Observo con avidez el segundero del reloj. Cada vez lo veo más cerca. Ni siquiera podré estrenar el vestido azul que compré con mis ahorros, y pretendía ponerme la semana que viene por mi cumpleaños. No quiero morir, aún no es el momento. El terror se va apoderando de mí según pasan los minutos. Después incredulidad. A continuación ganas de descansar y vuelta a empezar. Mi familia y amigos han empezado a desfilar por mi cama de manera ordenada, dándome muestras de cariño y apoyo. Afirman que vienen de visita, pero sé que están aquí para despedirse. Y yo no puedo decirles nada. Estoy en estado semiinconsciente. Sé que Carlos está llorando, oigo el susurro de sus lágrimas.

      Ha entrado alguien desconocido en la habitación, se acerca y comenta que va a probar una última opción, un medicamento experimental, que quizás me haga dormir o que, probablemente, me mate. Hablan delante de mí porque creen que no los escucho. No me preguntan, aunque les diría que es una buena idea. Creo que mis padres han pensado lo mismo, puesto que el médico, suponiendo que lo sea, está a mi lado. Un pinchazo. Ya no oigo nada. Por fin, estoy descansando.

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Categorías: Relatos | Etiquetas: , | 10 comentarios

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10 pensamientos en “Insomnio

  1. Relato muy bueno, que te mantiene en tensión de principio a fin. Me gusta mucho! Con ganas de que llegue el siguiente!!

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  2. berket

    Estremecedor, hasta la última frase confiaba en otro final.

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  3. frinco

    Me mola la parte del hospital y la forma de escribir, eso esta muy chulo. También esta genial el diseño del blog y la niña rosa.

    Como parte mala , para mi gusto literario superficial, demasiado drama colateral ( salvo que sea para una peli española, en cuyo caso añade un hermano muerto en una pelea callejera , el descubrimiento de que el novio es homosexual y un enfermero que te mete mano aprovechando que no puedes moverte) .

    Me sobra la parte de Carlos con la droga , el maltrato y el hero father, las desgracias de una en una, que distraen. Yo aligeraria esa parte fijando el drama en la parte medica, dejando de Carlos solo lo de la discusion , como si fuera un novio normal.

    Que el nombre de la prota este compuesto de cuestas famosas de Madrid se sale 🙂

    Esperamos pronto el segundo relato de Mario Pisuerga Manucho

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    • :D. Entiendo lo que dices, de hecho tengo otra versión de este relato sin esa parte de la que hablas, pero luego es cuestión de gustos. Cuando lo escribí necesitaba un texto más largo. ¿Manucho es el máximo referente pucelano? Muy buena crítica y muchas gracias.

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  4. Buen relato Leticia. Y qué inquietante. Me has tenido en vilo hasta el final. En general me ha gustado, sobre todo la frase “contemplo la muerte con mejores ojos”, muy buena 😉

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    • ¡¡Muchas gracias!! Le tengo cariño a este relato porque es el primero que escribí cuando comencé a dar verdadera importancia a la escritura en mi vida. Me alegro de que te haya gustado.

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  5. Inquietante.
    Me gusta mucho cómo escribes 😀 ¿Dices que es el primero? Wow.

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