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El lector de cadáveres

Portada El lector de cadáveresTítulo: El lector de cadáveres

Autor: Antonio Garrido

Género: Novela histórica

Editorial: Espasa

Número de páginas: 539

“—¡Excelencia! ¡Disculpe…! —se atrevió Ming a interrumpirle—. Falta el lector… Le hablé de él al magistrado de la prefectura y estuvo de acuerdo en que nos acompañase.

—¿El lector? —se extrañó el consejero de los Castigos.

—El lector de cadáveres. Mi mejor alumno —dijo, y señaló a Cí.

—No me han informado. —Dirigió una mirada severa a a su acólito, que bajó la cabeza—. ¿Y qué es capaz de hacer que no hayáis hecho ya vos?

—Tal vez os parezca extraño, pero sus ojos son capaces de ver lo que para el resto son sólo tinieblas.”

     Es probable que jamás hubiera leído este libro si mi madre no lo hubiera comprado en la Feria del Libro de Valladolid el año pasado. Estaba dando una vuelta, vio al autor solo en el stand de firmas y decidió adquirir un ejemplar y charlar unos momentos con él. Después asistimos al encuentro literario y nos encantó. Yo no conocía a Antonio Garrido, a pesar de su éxito La escriba, y me resultó un gran comunicador. Explicó el proceso de documentación y la manera en la que llegó a este personaje y ahí es donde empezó a entrarme el gusanillo para recorrer las páginas de El lector de cadáveres.

     La sinopsis de la contraportada es la siguiente:

     “En la antigua China, sólo los jueces más sagaces alcanzaban el codiciado título de «lectores de cadáveres», una élite de forenses que, aun a riesgo de su propia vida, tenían el mandato de que ningún crimen, por irresoluble que pareciera, quedara impune. Cí Song fue el primero de ellos.

     Inspirada en un personaje real, «El lector de cadáveres» narra la extraordinaria historia de un joven de origen humilde cuya pasión y determinación le condujeron desde su cargo como enterrador en los Campos de la Muerte de Lin’an a aventajado discípulo en la prestigiosa Academia Ming. Allí, envidiado por sus pioneros métodos y perseguido por la justicia, despertará la curiosidad del mismísimo emperador, quien le convocará para rastrear los atroces crímenes que, uno tras otro, amenazan con aniquilar a la corte imperial.”

     Antonio Garrido y El lector de cadáveresEl libro consta de un prólogo, 35 capítulos distribuidos en seis partes y un epílogo. A ello hay que añadir un mapa, una nota del autor, una breve reseña biográfica del protagonista, un glosario, los agradecimientos correspondientes y la bibliografía empleada.

     Reconozco que en un principio la ambientación en la China del siglo XIII no me atraía de manera especial. Me hice a la idea de que iba a ser una trama lenta, sin más argumento que la resolución de casos en una época antigua. Me equivoqué. La historia pasa por diferentes fases en las que el protagonista ha de superar múltiples obstáculos. Tiene ritmo, si bien es cierto que en unos momentos más que en otros. Personalmente me gusta más la parte final, que se parece más a un thriller negro, aunque la del principio también se lee bien y es más similar a una obra de aventuras.

     El argumento trata sobre Song Cí, un muchacho que debe de abandonar sus estudios en la capital para regresar a su pueblo de origen por la muerte del abuelo. Un crimen atroz en el que se involucra a su hermano y una desgracia familiar precipitan los acontecimientos y obligan a Cí a huir y a utilizar todo su ingenio (y una peculiar característica física) para salir adelante.

     Como indica el autor, a pesar de basarse en un personaje real, los hechos son pura ficción. Es poco lo que se conoce de la vida de Song Cí y mucho de su prolífica obra. El texto refleja lo dicho en estos escritos, así como los modos de actuación de la época. Se nota que fue alguien adelantado a su tiempo, inteligente, meticuloso y que puso la primera piedra de la ciencia forense.

     Lo peor: El libro consta de varias partes y, como es lógico, no todas son de la misma intensidad. Las partes más lentas están en la mitad del texto, lo que considero un acierto, porque te engancha al principio para que sigas leyendo y lo vuelve a hacer al final para que te quedes con buen sabor de boca, a pesar de que algunos detalles del desenlace son un tanto forzados. Algunas críticas también señalan que al protagonista no dejan de atormentarle desgracias y que no tiene demasiados matices a este respecto. De todos modos, yo prefiero que pasen muchas cosas a que no suceda nada.

     Lo mejor: La novela te transporta a otra civilización y a otra época, pero nunca dejas de darte cuenta de que no somos tan diferentes. Las explicaciones de los procedimientos, las leyes, los métodos y las costumbres son maravillosas y no resultan tediosas porque aparecen ligadas a la acción. Además de pertenecer al género histórico, tiene características propias de las novelas de aventuras y la intriga es otro elemento esencial de la trama, especialmente en la segunda mitad. La lectura es amena y ágil y la información interesante.

    ¿Lo recomendaría? Sí.Se lee con bastante facilidad a pesar de tratar temas muy específicos y puede agradar a todo tipo de lectores. Te gustará especialmente si eres aficionado a la novela histórica, a la cultura oriental o a las historias de crímenes y forenses.

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Quiero ser él

En la época del colegio, todos querían ser como Pedrito, el hijo del alcalde, excepto él, que ambicionaba acercarse a Dios y tocar el cielo. El padre Gumersindo lo repetía reiteradas veces: “Tú debes aspirar al máximo. Nada hay más grande que el poder divino. Tómame a mí como modelo”. Y eso hacía. Se cortó el pelo a cepillo, cambió su atuendo juvenil por pantalones y camisas negras y leía la biblia sin descanso. Llegó a parecerse tanto al clérigo, que en la parroquia se rumoreaba que podían ser padre e hijo.

El Vaticano

Una mañana de junio, al observar su semblante en un espejo, descubrió con estupor que no quería ser como el Padre Gumersindo. Él quería ser el Padre Gumersindo. Deseaba ese porte sereno, infundir respeto por donde sus pies pisaban y ascender en la carrera eclesiástica de golpe. El día que leyó aquella carta en la que enviaban al cura a la Santa Sede, urdió un plan para deshacerse del religioso y ocupar su lugar. Había olvidado que la piedad es una de las misivas del catolicismo y, convencido de que Dios le respaldaba, acabó con la vida del sacerdote de un golpe seco con el cáliz de misa. Después lo envolvió en su propia casulla y lo enterró detrás de la iglesia. Decidió no confesar nunca aquel hecho. Un mal inevitable no podía ser pecado. Se marchó sin avisar a persona alguna, aunque sabía que nadie lo echaría de menos. “Las mejores personas viven en soledad”, se decía a sí mismo.

El Vaticano era el lugar más impresionante que había visto jamás. A pesar de no haber estado allí antes, sentía que aquel era su hogar. Pronto se hizo un hueco entre los eclesiásticos, aunque aquello tampoco terminaba de llenarle. La admiración que sentía por el Papa al principio, se transformó en rencor según transcurrían los meses. Todos querían ser como el Papa. Él quería ser el Papa. Se tiñó el cabello de color cano, dejó de tomar el sol con el fin de hacer palidecer su rostro al máximo y se puso lentillas de color azul.  Cada mañana despertaba tratando de encontrar la manera de ocupar el puesto más alto del catolicismo y cada noche se flagelaba con una correa, en un intento desesperado por alejar aquellos pensamientos. Sin embargo, la idea de ser el más adecuado para desempeñar las funciones de San Pedro no le permitía descansar.

Cuando la ciudad dormía, él inspeccionaba los rincones de la basílica. Subía la escalinata y se detenía en cada puerta de metal cerrada, preguntándose qué esconderían. Hizo diversas indagaciones para descubrir quién guardaba las llaves, pero nadie parecía saberlo. Era como si aquellas estancias estuvieran selladas por la eternidad. Una noche, dPuerta de El Vaticanoecidió forzar una puerta. Según consiguió hacerla ceder, un hedor insoportable salió del agujero y le hizo tambalearse. Esperó unos minutos a que el espacio se ventilara un poco y pasó al interior. Era una especie de zulo pequeño y la capa de polvo tendría cuatro o cinco centímetros de espesor. Tras los instantes que sus ojos necesitaron para acostumbrase a la oscuridad una misión y aquello constituía una señal inequívoca. Ese debía ser el arma que acabara con la vida del Papa y lo encumbrara a él a aquella posición. 

Trasladó una colchoneta ligera, unas mantas y un orinal a la estancia y desde aquel día se instaló allí, esperando la oportunidad de hundir el filo del puñal en el corazón de Su Santidad. Sólo salía para conseguir alimentos, darse un baño una vez a la semana y recopilar detalles que le permitieran urdir su plan. Dios le quería en aquel lugar y él no iba a moverse de allí hasta conseguir su objetivo. Sin embargo, según pasaban las semanas, este propósito se fue difuminando y otro deseo empezó a rondarle la cabeza. Comenzó a dejarse una barba espesa y a vestir con túnica y sandalias. Más tarde, consiguió unos clavos y los guardó en la mesilla. Ya sólo le faltaban unos buenos maderos. Cuando terminara de construir la cruz, no necesitaría predicar la palabra de Jesucristo. Él podría ser Jesucristo.

* Esta historia fue la ganadora de junio en la página “El relato del mes”. Tema: Envidia.
* Las fotografías están tomadas en El Vaticano. La de la puerta fue la que me inspiró el relato.
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Indivisa Manent

Manos unidas2El termómetro del coche marcaba cuatro grados bajo cero. Mientras observaba los copos de nieve caer, supuse que alguien de arriba no estaba muy contento conmigo, para enviarme a una aldea perdida en las montañas a investigar un asesinato. Me acompañaba Pablo Guerra, de la oficina del fiscal, con quien había coincidido en múltiples ocasiones, estando un par de ellas a punto de pasar la noche en su cama. Un acierto no haberlo hecho. Pablo es encantador, atractivo, con cara de buena persona y un tono de voz firme pero amable. Yo, demasiado independiente para estar con un hombre de los que te abren la puerta del coche y te presentan a su madre en la tercera cita.

Viajábamos en mi Nissan Almera blanco del 95, exageradamente viejo  para soportar las bajas temperaturas y los caminos de cabras por donde nos movíamos. El GPS hacía rato que se había vuelto loco y tan sólo sonaba de vez en cuando: “no hay carretera, dé la vuelta”.  Eso me gustaría a mí, dar la vuelta.

El caso que nos conducía a aquel paraje, perdido de la mano de Dios, había sucedido tres días antes, cuando apareció el cuerpo sin vida de Rodrigo Martínez Aranda, varón de veintiséis años, cuya residencia estaba a doscientos kilómetros de donde se localizó el cadáver. Acarreaba conmigo los informes del forense, de la policía científica y de los agentes que habían registrado la zona y hecho los primeros interrogatorios.

En la fecha del homicidio, la aldea quedó completamente aislada por la nieve. Una decena de funcionarios trabajaron durante horas para conseguir que se abrieran de nuevo los accesos. Cuando lo lograron, un agente de la policía local que los acompañaba encontró al fallecido. Fue una casualidad. La ventisca había desenterrado lo suficiente el cuerpo para que asomaran tres dedos de la mano izquierda. El brillo de un anillo llamó la atención del policía. El crimen era reciente.

–Es evidente que el delito se produjo mientras duró el vendaval, por lo tanto el homicida tiene que ser alguno de los habitantes que permanecían atrapados. En el pueblo tan sólo había veinte personas así que debería de ser un caso sencillo. ¿No te parece, Nancy? –Pablo siempre me llamaba así, porque decía que el color de mi pelo y los ojos grandes y azules le recordaban a la famosa muñeca. Sigue leyendo

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Insomnio

      Retumban en mis oídos, los pitidos de las máquinas. Se repiten una y otra vez, siempre con la misma secuencia. Desde mi posición no alcanzo a ver todos los rincones del habitáculo donde me encuentro. De mi muñeca izquierda surge un tubo que se ramificInsomnioa en media docena  más de conductos, unidos a diferentes bolsas, que van cambiando, no se repiten. Tan sólo reconozco la que gotea más lentamente y es siempre la misma. Es la que contiene suero. Estoy cansada.

      Hoy es viernes. Mi nombre es Elsa de la Vega Moyano. Llevo noventa y seis horas sin dormir. Permanezco tumbada en la cama de una habitación de hospital. Nadie sabe qué me ocurre. Estoy conectada a multitud de aparatos, y he pasado ya, por infinidad de pruebas. Los médicos se debaten entre seguir haciendo exámenes, por lo cual, entran una y otra vez en el cuarto, o tratar de crear el ambiente adecuado para no molestarme. Pero Morfeo no acude a visitarme. Me han administrado todo tipo de medicamentos y somníferos, sobrepasando, incluso, el límite de lo recomendado. Sin embargo, mi cerebro sigue alerta. O quizás no tanto. Hace horas que he perdido la capacidad de concentración. Me cuesta mover tanto las piernas como los brazos, recorridos por un hormigueo constante. No veo con nitidez y respiro con dificultad. Sigue leyendo

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